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Direción: Juan Manuel Villarreal H.

Fecha:2014-11-17 Por: Juan Manuel Villarreal H. | Enlace Digital

POR UNOS PINCHES PERROS…

Por Juan Manuel Villarreal H. | Enlace Digital

Ciudad Mier, Tamaulipas

 

Con estupor el oficial secretario del Juzgado de Primera Instancia Penal, tecleaba con fuerza la máquina de escribir, al momento en que escuchaba la declaración preparatoria del felón asesino.

El rostro del indiciado no reflejaba ninguna muestra de arrepentimiento o preocupación sobre los hechos que él mismo había provocado apenas dos días antes.

El detenido, José Ángel Martínez Villanueva, era procesado por haber participado en forma directa en la muerte violenta de dos personas y haber herido con un impacto de bala en el cráneo a su propio hijo en forma accidental, tras protagonizar una trifulca con sus vecinos.

Los escibientes y funcionarios del Juzgado, escuchaban la declaración del sujeto y esperaban oír algún indicio de que todo había sucedido en un momento de coraje, arrebato por las circunstancias.

Pero no fue así.

Martínez Villanueva, narró fríamente:

“No me arrepiento de nada y lo único que lamentó, dijo, es haber herido a mi hijo”.

Luego, tras leerle la declaración asentada en la averiguación previa instruida por el agente del Ministerio Público Investigador, el homicida guardó silencio y posteriormente ratificó lo atestiguado.

Los detalles sobre los sangrientos hechos estaban asentados en la citada averiguación:

Todo había dado inicio al filo de las ocho de la noche de aquel caluroso sábado del mes de agosto de 1993, en el municipio de Mier.

La mayoría de los vecinos del barrio ubicado a lo largo de las calles Gorgonio y Terán, acostumbraban a platicar en las afueras de sus domicilios y algunos otros, disfrutaban de la convivencia de amigos y familiares, sobre todo durante los fines de semana.

Esta tarde-noche, el joven Efraín Martínez Castillo, se dirigía a su domicilio localizado en el citado sector, cuando de pronto, dos perros saltaron del corredor de una casa y le salieron a su paso, ladrando y gruñendo con la intención de atacarlo.

El muchacho reaccionó rápidamente y tomó unas pierdas con las cuales los enfrentó y las comenzó a lanzar en contra de los canes, logrando dar en el blanco en uno de ellos, lo cual produjo que se escabullera gimiendo de dolor hasta el lugar de donde habían salido.

El propietario de los perros, Antonio Martínez Linares, quien se encontraba en las afueras de su domicilio, logró observar la escena, pero no le pareció correcto que el sujeto hubiese lastimado a uno de sus animales.

Ante tal situación, el morador de la vivienda, enfureció y salió a la calle para reclamar la acción:

“Eres un aprovechado hijo de la chingada…porque le pegas a mis perros si no te hacen nada”.

Y la respuesta no se hizo esperar, por lo que el muchacho también comenzó a discutir sobre los animales:

“Porqué no los amarra…no ven que pueden morder a una persona del vecindario”, alegaba el joven Efraín.

Luego, de las palabras vinieron los golpes, aunque el propietario de los animales contaba con 56 años de edad, mantenía perfectamente su condición física, pese al trabajo de velador que desempeñaba por las noches en una empresa cervecera de la localidad.

El muchacho al verse inferior en la pelea, optó por retirarse del lugar.

Martínez Linares, pensó que con el escarmiento que le había dado a su vecino, el asunto estaría terminado.

Y ni siquiera se atrevió a imaginar que esa simple discusión terminaría en una tragedia.

Por su parte, el joven Efraín llegó hasta su domicilio y buscó a su padre, pero no lo encontró.

Tras indagar su paradero, encontró a su padre en las afueras del domicilio de su compadre José Concepción Amarcata.

Presentando la hinchazón de los golpes recibidos en el rostro, el afectado le dijo a su padre que había sido agredido por su vecino Antonio Martínez Linares.

Al escuchar lo sucedido, José Ángel Martínez Villanueva arrojó con violencia la cerveza que estaba bebiendo y pidió a su compadre le prestara su pistola para ir a “arreglar” cuentas con el agresor de su hijo.

En forma inmediata, José Concepción, entró a su casa y salió portando una pistola calibre .38 Especial y al momento de entregarla a su compadre, le advirtió:

“Nomás tenga cuidado con lo que vaya a hacer compadre, porque las armas las carga el diablo”, dijo.

“No se preocupe compadre, yo se lo que hago”.

Respondió furioso aquel sujeto y luego dijo:

“A ver mi’jo…vamos a ver a ese hijo de la chingada”.

Ambos se dirigieron hasta el domicilio donde se hallaba el agresor y tras verlos aproximarse, Martínez Linares, salió a su encuentro, pues no les temía.

Tal vez, el morador pensó que aquel padre de familia quería una explicación sobre la riña sostenida momentos antes con su hijo.

Pero nada de eso sucedió.

José Ángel Martínez iba decidido y no tenía intenciones de aclarar absolutamente nada.

Apenas lo tuvo a cierta distancia y empuño el arma y sin decir palabra alguna, tras apuntarle de inmediato hizo el primer disparo.

Antonio Martínez cayó malherido, pues el impacto había dado en pleno pecho.

Luego, era tanto el coraje que tenía en ese momento el agresor, que no conforme con verlo agonizar, mientras la sangre brotaba por la boca y por la herida, el sujeto le puso el pie en el cuello y casi a quemarropa, accionó nuevamente el arma en dos ocasiones más y segar la vida del velador.

Una vez tendido ya sin vida, el hijo del homicida, Efraín comenzó a darle de puntapiés, intentando desquitar su coraje por haberlo agredido.

En ese momento, del interior de la vivienda, salió el hijo del occiso, Marco Antonio Martínez, quien al ver a su padre sin vida, se lanzó aparatosamente en contra del asesino, quien aún con la pistola en mano, no hizo ningún intento por calmar al joven y sólo levantó el arma y le disparó en repetidas ocasiones.

El muchacho cayó mortalmente herido.

Luego, la confusión se agigantó entre la oscuridad y ante la presencia de vecinos y curiosos que se arremolinaban en torno a los dos cuerpos abatidos por las balas.

Casi en forma inmediata, llegó corriendo al lugar de los hechos, otro hijo del homicida de nombre Ricardo Martínez, quien al ver a su padre con el arma en la mano, le llegó por la espalda y lo abrazó para que no siguiera disparando.

Ante esto, el homicida, pensando que se trataba de algún agresor o familiar del occiso, se sacudió bruscamente a la persona que lo sujetaba y sin más se viró y accionó la pistola para herir en la cabeza a su propio hijo.

No podía creerlo.

Le había disparado accidentalmente a su vástago.

Uno de los vecinos que se había acercado a los cuerpos tendidos de padre e hijo gritó:

“El muchacho está vivo…hay que llevarlo a un hospital”.

Y así, mientras una parte de vecinos se prestaban para trasladar al joven a una clínica, los familiares del homicida hacían lo suyo para auxiliar a su hijo.

Una hora más tarde, el joven Marco Antonio Martínez, murió irremediablemente en una clínica particular de la ciudad de Miguel Alemán, en tanto que el otro herido, herido por su propio padre, aún con el proyectil alojado en el cráneo, fue trasladado hasta la ciudad de Monterrey, Nuevo León, donde finalmente, luego de varios días de luchar contra la muerte, logró salvar su vida.

Por su parte, la Policía Judicial del Estado, al realizar una rápida movilización, en el mismo lugar de los hechos, logró la detención del doble homicida.

También su hijo Efraín, aunque no hizo disparo alguno, fue detenido y consignado igualmente como co-participante en dichos hechos.

Asimismo, en dicha acción, también se procedió a la aprehensión de al menos otras seis personas entre familiares y amigos del homiida y de las vitimas.

De igual forma, en el momento del arresto de estas personas, familiares de los implicados y testigos presenciales de los hechos, la señora Teresa Salinas, entregó a las autoridades, la pistola calibre .38 especial que utilizó el homicida, así como una pistola calibre .22 y otra más calibre 9 milímetros, las cuales salieron a relucir, debido a las fricciones y pugnas posteriores entre ambas familias.

Tras leer la declaración, el detenido ratificó lo dicho ante la fiscalía investigadora y se le pidió firmar cada una de las hojas que conforman su versión sobre estos hechos de sangre.

Luego, al término de su diligencia ante el Juzgado, el indiciado fue esposado y conducido a su celda en el Penal Distrital, al momento en que se dejaba escuchar en la sala de audiencias:

“Y todo por unos pinches perros….”

 
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