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Direción: Juan Manuel Villarreal H.

Fecha:2014-12-22 Por: Juan Manuel Villarreal H. | Enlace Digital

Por Juan Manuel Villarreal H.

 

Ciudad Mier, Tamaulipas

Octubre 24 de 1988.

 

 

A la altura del kilómetro 107 de la carretera ribereña, en el tramo ciudad Mier-Nueva Ciudad Guerrero, el auto de alquiler descendió de la cinta asfáltica y enfiló por una brecha que conduce al Rancho El Capitán.

Por lo accidentado del camino vecinal, al auto avanzaba lento y el conductor de vez en vez miraba de reojo por el espejo retrovisor a la pareja que llevaba de pasajeros, quienes al calor del alcohol, se mostraban bastante cariñosos y alegres.

Faltaban sólo unas horas para amanecer.

Esteban Santiago Gómez tenía varios meses de haber arribado a ese rancho, donde laboraba como encargado del mismo.

Originario de Citlatepec, Veracruz, al término de la jornada semanal, luego de obtener el pago de su patrón, cada fin de semana le gustaba frecuentar los bares que se encuentran enclavados en la zona de tolerancia denominada como “Las Tres Morenas”, localizada en las afueras del municipio de Mier y a escasos tres kilómetros del citado rancho.

Era tal el apasionamiento que sentía por Juana María Balderas López, quien se despeñaba como prostituta en ese lugar, que cada vez que asistía a dichos bares, solicitaba su compañía durante su estancia.

Cuando acudía ese lugar, no le importaba gastarse todo el dinero que llevaba, con tal de pasar la noche al lado de Juana María.

Esa noche, había sido especial, porque Esteban Santiago, le confesó estar perdidamente enamorado de ella y estaba dispuesto a sacarla de trabajar, por lo que le propuso irse a vivir con él al rancho.

La propuesta convenció a la mujer y la respuesta fue inmediata, ya que tenía poco tiempo de haber llegado a esa localidad procedente de su natal puerto de Tampico y ante la falta de oportunidades para encontrar trabajo, había optado por dedicarse a la labor fácil de la prostitución.

Debido a que poseía un bien formado cuerpo, había sido aceptada de inmediato en ‘Las Tres Morenas’ y en su condición de ‘nueva’ en ese lugar, Juana María tenía bastante aceptación, por lo que era requerida con bastante frecuencia por la clientela.

Luego de un kilómetro andado por aquel camino, el auto detuvo su marcha frente a un jacal, consistente en un solo y amplio cuarto construido de adobe y techo de lámina.

Antes de entrar a la casucha, la pareja permaneció por unos minutos dialogando.

El feliz sujeto le comentó a la mujer que el único inconveniente era que ese jacal lo compartía con su amigo y compañero de trabajo Evodio Sánchez, originario de Tempoal, Veracruz.

Evodio tenía poco tiempo de haber llegado al lugar y como se conocían desde hace mucho tiempo en su estado natal, le había conseguido trabajo en ese mismo rancho.

Sin embargo, la mujer le expresó que eso no era obstáculo para que ambos fueran felices con su relación.

A un lado de la chimenea se hallaba la cama y en el otro extremo de la vivienda, un pequeño  catre donde dormía Evodio.

Al centro del jacal se encontraba una mesa y del techo pendían canastas con alimentos y la iluminación de la vivienda consistía en una lámpara de petróleo que colgaba de una de las paredes.

Hasta el amanecer se hicieron las presentaciones.

La mujer parecía sumisa en sus labores de ama de casa, en tanto que aquellos dos hombres se dedicaban a realizar las labores propias del rancho.

Por las tardes, los tres convivían amenamente e incluso se tomaban sus copas.

Sin embargo, al llegarla noche, a la hora de ir a dormir, Evodio se mostraba bastante inquieto sin conciliar el sueño, sobre todo cuando aquella pareja tenía sus relaciones íntimas.

Algunas noches, Evodio prefería salir a caminar, a fin de que ya entrada la madrugada, la calma reinara en aquel cuartucho.

Pese a ello, el sueños se esfumaba y su mente llegaban pensamientos de envidia y ya comenzaba a desear a esa mujer.

Uno de esos días, Evodio se sorprendió cuando la mujer comenzó a sonreírle, como provocándole con insinuaciones, sobre todo cuando Esteban Santiago no se hallaba presente.

Poco a poco se hizo recíproca la atracción entre ambos y sobre todo porque Evodio llevaba ya varios meses sin estar con una hembra.

En ese apartado lugar, la tentación y la debilidad de la carne se apoderó del sujeto, por lo que buscaba la manera de tener los amores de Juana María sin que su amigo sospechara de ello.

Inesperadamente, sobrevino la oportunidad.

Esteban Santiago había salido a traer leña y el momento fue aprovechado por ambos.

La mujer también estaba deseosa de otro hombre.

Debido a que no contaban con mucho tiempo, sólo se besaron y acariciaron desesperadamente, mientras vigilaban el regreso de Esteban.

Tras ese contacto físico, la convivencia se hizo más estrecha entre los tres, sin que Esteban Santiago sospechara de los enredos que la mujer preparaba con Evodio.

A la hora de la comida, las miradas y los roces de los pies por debajo de la mesa se acentuaban entre Juana María y Evodio.

Ese día, cuando caía la tarde, Esteban Santiago tuvo que viajar al centro de ciudad Mier para realizar unas compras por encargo del patrón que cada tres días acudía a ver como iban las cosas por el rancho.

Cuando Esteban partió, la pareja se miró en silencio y unas vez que estuvieron a solas, dieron rienda suelta a su pasión y a sus instintos sexuales.

Luego de unas horas, sentados a la mesa, comenzaron a beber hasta agotar casi un litro de brandy.

Ya había caído la noche y bajo los efectos del alcohol, nuevamente se fueron a la cama para seguir con su romance.

De pronto, la puerta se abrió y apareció Esteban Santiago, quien no daba crédito a los que sus ojos veían.

La sangre se le fue de golpe a la cabeza y sus manos se crisparon de coraje y comenzó a gritar:

“ ¡Pensé que la respetarías por ser mi mujer, maldito!”.

Y agregó:

“En mala hora te conseguí trabajo aquí conmigo…y con eso me pagas”.

Por su parte, Juana María sumamente asustada, mientras se vestía trataba de justificarse:

“Comprende Esteban…”

“ ¡Cállate, eres una puta  perdida y también a ti te voy a dar tu merecido!”.

Vociferó totalmente fuera de sí aquel sujeto.

Luego se abalanzó sobre la mujer, a quien la tomó de los cabellos y comenzó a darle de golpes en la cara, mientras que Evodio permanecía inmóvil sin saber que hacer.

Juana María gritaba desesperada:

“ ¡Ayúdame Evodio…quítamelo…que ya no me pegue más!”.

Entonces, Evodio se armó de valor y a fin de evitar que siguiera golpeando a la mujer, tomó un machete que estaba a un lado de la cama y se enfrentó a Esteban.

“ ¡Déjala ya…-le gritó- si no quieres que te mate, déjala!”, al tiempo que mantenía en alto el descomunal machete en franco reto amenazador.

Pese a eso, Esteban Santiago hizo caso omiso a la advertencia y tomó del cuello a la mujer para comenzar a apretar sus manos con intención de ahorcarla.

En ese momento, asustado Evodio se lanzó en defensa de la mujer, quien pataleaba desesperada ante la mirada de aquel descontrolado sujeto y asestó el primer machetazo en el hombro de Estaban quien al sentirse herido soltó a Juana María.

Todavía más enfurecido, Estaban se dirigió entonces contra Evodio quien sostenía en sus manos el filoso machete.

Esteban Santiago se le fue encima, por lo que Evodio utilizando el arma, le asestó varios golpes causándole diversas heridas en distintas partes del cuerpo, en tanto que el desquiciado sujeto esquivaba los golpes poniendo de escudo el antebrazo causándole múltiples lesiones.

Las paredes del cuartucho comenzaron a pintarse de sangre y ya la muerte rondaba en torno aquel jacal.

Tras recuperarse la mujer, totalmente enfurecida sugería a Evodio:

“ ¡Mátalo…mátalo de una vez!”.

La desigual lucha siguió por unos minutos más y el machete daba cuenta de otras heridas que eran provocadas en la humanidad de Estaban, quien bañado en sangre, cual si fuera un perro rabioso, seguía peleando y no le importaban las lesiones que presentaba en diferentes partes del cuerpo.

También Evodio parecía poseído, descargaba la descomunal arma sobre Estaban con saña inaudita, causándole la amputación del dedo índice de una de sus manos.

Luego, la mujer tomó un rifle calibre .22 y apuntó contra Esteban Santiago y comenzó a dispararle casi a quemarropa al tiempo en que Evodio le asestaba un machetazo en plena frente y el rostro hasta desfigurarlo.

Aquel cuerpo totalmente cubierto de sangre cayó de espalda sobre la cama y ahí la mujer siguió disparando el arma en siete ocasiones más hasta que el cerrojo de la misma se atascó, mientras que Evodio seguía descargando con furia el machete en el cuello y el pecho de su compañero hasta ver que ya no se movía.

Frente al cadáver, los asesinos tiraron las armas y tras tomar los ahorros que ambos habían reunido, la pareja salió a toda prisa del lugar, dándose a la fuga a lo largo del camino vecinal con rumbo a la carretera.

Amparados por la sombra de la noche, dejaron tras de ellos una estela de sangre, horror y muerte.

Asimismo, pese a que las autoridades judiciales realizaron una intensa búsqueda de los homicidas, hasta la fecha, no se ha logrado establecer su paradero, ni su aprehensión.

Desde entonces, la pareja quedó unida por el amor, pero también por aquel macabro crimen que originó ese triángulo pasional y que culminó con aquel desenlace fatal.

 
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