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Direción: Juan Manuel Villarreal H.

Fecha:2014-12-29 Por: Juan Manuel Villarreal H. | Enlace Digital

Por  Juan Manuel Villarreal H.

 

Reynosa, Tamaulipas

Diciembre 29 de 1995.

 

Patricio Romero Camacho, proveniente del municipio de Naucálpan de Juárez, estado de México, llevaba nueve años de haber llegado a radicar a esta ciudad.

Durante los últimos cuatro años, había asentado su domicilio en una vecindad, localizada en la calle Marsella número 1260 interior de la colonia Beatty.

La casa estaba compuesta por un solo cuarto, el cual era ocupado por una cama matrimonial y una individual y dividía en dos el lugar un par de roperos.

En otro extremo había un buró, un refrigerador, una estufa, una radio grabadora y un par de tanques de gas. Esas eran sus pertenencias.

En ese lugar, habitaba su mujer Blanca Estela Galindo García, con quien llevaba un año y medio de vivir en unión libre.

También radicaba en esa habitación, la madre de Blanca, Marcelina García Rodríguez y su otra hija Angélica Galindo García, quien al parecer padecía de sus facultades en forma temporal, cuando era víctima de ataques epilépticos.

Sin embargo, la promiscuidad que imperaba en ese lugar, era demasiado, dado que su supuesta suegra, había sido su esposa anteriormente y trascendió que a su cuñada, también la había hecho su amante.

Desde que radicaba en ese lugar, Patricio Romero, se dedicaba además de la venta de mercancía en abonos, a realizar curaciones  de todo tipo, desde "limpias", sanamientos,  -empachos- y recetaba medicamentos a base de hierbas, por lo que en ese sector lo conocían como "El Brujo".

Aquella gris y fría mañana de diciembre en la víspera del año nuevo, como de costumbre, su mujer, su suegra y su cuñada, habían salido desde temprano cada cual a sus respectivos trabajos.

Al filo de las once de la mañana, llegó a esa vivienda su vecina Rosa Erika Rodríguez Martínez, de 18 años de edad, quien buscaba a su amiga Blanca Estela.

Dado que había confianza, el Brujo la hizo pasar a la casa, por lo que una vez en su interior, la mujer se dio cuenta de que eran otras las intenciones de Patricio Romero, quien intentó abrazarla, al tiempo en que le pedía un beso.

Ante esto, la joven mujer, pese a su embarazo de cuatro meses, logró librarse del sujeto y presa de miedo intentó ponerse fuera del alcance de ese enfermo sujeto.

Sin embargo, al intentar abrir la puerta de la vivienda, Rosa Erika cayó sobre un brasero encendido.

El torvo sujeto llegó hasta ella y la tomó de un brazo para levantarla y volverla a meter a la casa e insistir con sus pretensiones.

Pese a ello, la mujer, a fin de librarse del Brujo, logró lanzarlo hacia atrás, quien cayó junto al buró, por lo que fuera de sí y enfurecido porque la mujer no accedía a sus intenciones, tomó un machete que estaba junto a él y se abalanzó amenazante contra su víctima.

Con gran impulso, el sujeto le lanzó el primer golpe con aquella arma blanca, cuya  punta se la clavó en pleno cuello.

Agonizante, la mujer cayó hacia atrás, retorciéndose de dolor por la profusa herida que causaba que borbotones de sangre quedaran esparcidos por toda la vivienda.

El sujeto solo se concretaba a observar la escena, en donde la mujer revoloteaba todo cuando había su paso, ante la desesperación de aquella mortal herida.

Ante esto, el Brujo al ver que aún pataleaba y se jalaba los cabellos de dolor, solo le colocó una franela sobre la herida.

Luego de algunos minutos, la mujer dejó de moverse, ante la fría mirada del sanguinario sujeto.

Posteriormente, El Brujo sustrajo dos cartones que se hallaban bajo la cama y sobre uno de estos, puso el cuerpo boca arriba de la mujer y con el otro lo cubrió y lo acomodó entre el buró y la estufa.

El sujeto no se molestó en limpiar la sangre que escurría del machete, ni la que se había esparcido por gran parte de la vivienda, ya que como si nada hubiese ocurrido se fue a trabajar, en la venta de baños de aluminio en abonos.

Durante su recorrido como vendedor, su mente venía ideando como sacar el cadáver de su casa, dado que debido a que era una vecindad donde vivía, continuamente  y a todas horas había gente en ese lugar.

Luego de pensar que hacer, llegó a la conclusión que la única forma de hacerlo sin despertar sospechas, sería sacarlo en partes, ya que sacarlo completo sería muy pesado para él porque además la víctima estaba embarazada.

Al filo de las cinco de la tarde, decidió regresar al lugar del crimen.

El lugar, estaba todo igual e incluso, pudo percatarse de que afuera de las cuarterías todo era normal, por lo que supuso que nadie se había percatado de lo ocurrido.

Ante esto y a fin de darse valor, se dirigió hasta el bar denominado Quinta Avenida, localizado sobre la calle Herón Ramírez, donde empezó a tomar.

En ese lugar se encontró con un amigo de nombre Isaías, pero en ningún momento le comentó nada referente a los hechos.

Luego de haber consumido casi veinte cervezas, decidió regresar a su casa.

Abordó el transporte colectivo y llegó al domicilio al filo de las ocho de la noche y quienes vivían con él, aún no llegaban.

Primero, desnudó a la mujer y su ropa la hizo pedazos y la tiró en un bote de basura de una de sus vecinas.

Luego, tomó el machete y a sangre fría, comenzó con su carnicera tarea.

Inició cortando la pierna derecha y luego la otra, cuyas extremidades las envolvió en papel periódico y las colocó sobre una bolsa de plástico color negro.

El perturbado sujeto, prosiguió con el corte de los brazos.

Cuando decidió cortar la cabeza, tardó un buen rato, debido a que el descomunal machete carecía de filo, por lo que estuvo asestándole varios golpes hasta poder cortar los huesos y desprenderla del tronco.

Sin saber porqué, el sanguinario sujeto, hizo un corte a la altura de la espalda, tratando de dividir el tronco, pero como el arma no ayudaba mucho, dejó inconcluso ese corte.

Sin embargo, cuando hizo un corte en el vientre, de las entrañas de la mujer, salió el feto  unido al cordón umbilical.

Asimismo, cuando intentaba parar el tronco, entró a la vivienda su cuñada Angélica, pero debido a que se sentía enferma, al parecer ni se enteró de la macabra tarea que realizaba el Brujo y se dirigió directamente a acostarse.

Pero cuando iba a continuar con su horrenda idea, llegó su mujer Blanca Estela, quien espantada entró en un estado de pánico.

No podía creer lo que estaba viendo, su vecina toda descuartizada y su marido con el machete en la mano, por lo que sólo se concretaba a repetir:

-" Porque hiciste esto.....  Porque lo hiciste...?".

Pero no recibía respuesta.

Luego, el torvo criminal se concretó a decir:

- " Mira… ve a la tienda por dos sodas y allí haces tiempo para que no veas lo que estoy haciendo..."

La mujer obedeció y se demoró por espacio de 45 minutos.

Más tarde, llegó la suegra del Brujo y también llegó directamente a dormir.

Por su parte, Blanca Estela, le insistía presa de desesperación porqué había cometido esa barbarie, mientras seguía realizando los cortes al cuerpo casi totalmente mutilado.

El sujeto, entonces le pidió a la mujer que le ayudara a sostener las bolsas de plástico para meter el tronco, pero su esposa se negaba.

Ante esto, Patricio Romero, le advirtió que si no le ayudaba, entonces se las vería con su pequeña hija de dos años.

Cuando estaban en la tarea de vaciar los miembros de la joven mujer en las bolsas, el sujeto detectó que su suegra los estaba observando desde la cama, por lo que le pidió a su mujer que ya no le ayudara, que él lo haría solo.

Una vez terminado con ello, el sujeto salió al patio de la vecindad para lavarse las manos que estaban tintas en sangre.

Para ese momento, el reloj marcaba ya las once de la noche.

Allí en el exterior de la casa, acompañado de su mujer, el Brujo, comenzó a cenar una torta de frijoles.

En ese momento, llegó una persona de nombre Sergio, quien buscaba a un sujeto de nombre Carlos o a en su caso a una mujer llamada Amanda, pero el Brujo le dijo que no se encontraban, por lo que esa persona se retiró de la vecindad.

Ambos se metieron al domicilio, pero el Brujo solo se recostó sin poder dormir, ya que estaba haciendo tiempo para que entrada la madrugada, poder sacar poco a poco el cuerpo mutilado de su vecina, quien para esos momentos, era buscada ya por su esposo Carlos Celestino Bautista y su suegro Juan Ángel Rodríguez.

Dichas personas, al no ubicar a Rosa Erika, pensaban que había ido al centro a realizar unas compras, por lo que su esposo, se había dirigido a su trabajo en una empresa maquiladora, pero a su regreso al filo de las ocho de la noche y al ver que su esposa no aparecía, inició su búsqueda con sus familiares sin resultado alguno.

Al filo de las tres y media de la madrugada, comenzó la tarea del horror.

Primero el asesino sustrajo el tronco de la mujer y el feto expuesto y aún pegado a su vientre, el cual dejó a escasos metros de la vecindad, ya que solo cruzó la calle Marsella y sobre el bordo de contención del canal Anzaldúas, lo dejó al aire libre.

Luego, regresó a la casa y sustrajo las piernas, por lo que comenzó a caminar por las vías del tren hasta llegar al barrio del Central y en algún lugar las dejó, pero que posteriormente no recordó el lugar exacto donde las había arrojado, por lo que jamás pudieron ser encontradas.

Finalmente, llevó a cuestas en una bolsa, la cabeza y ambos brazos.

Una de estas extremidades, la dejó a un lado de las vías del tren, a espaldas del Hospital ISSSTE y luego caminó más al oriente y dejó la cabeza en la parte posterior de la bodega de la Conasupo, -actualmente el centro comercial Rincón del Bravo-, para finalmente en la primera cuadra viró a su derecha con rumbo al puente San Luis y a ocho metros de las vías dejó el otro brazo.

Al filo de las 4 y media de la madrugada regresó a su casa totalmente exhausto y mientras se lavaba las manos en el patio de la vecindad, pensaba si no había sido visto por alguien.

Posteriormente, entró a la vivienda y se quedó sentado como ido, con una serie de pensamientos que revoloteaban en su mente, sobre lo que había hecho.

Sin darse cuenta el tiempo pasó y al filo de las 5 y media de la mañana, escuchó que afuera de su vivienda había un alboroto de vecinos, entre los que destacaban los gritos histéricos de Marcelino, esposo de Rosa Erika, al tiempo que decía:

- " Mataron a mi esposa....mataron a mi esposa..."

Y es que a esa hora ya habían descubierto frente a la vecindad el tronco mutilado de su mujer.

En ese instante, Blanca Estela, salió para preguntar que pasaba, cuando de antemano sabía lo ocurrido esa noche de terror.

De los hechos, tomó conocimiento el agente segundo de la agencia del Ministerio Público Investigador, Javier Ramírez, quien ordenó la búsqueda del resto del cuerpo mutilado.

Luego de recorrer diversos rumbos de ese sector, en horas de la tarde, localizaron el resto de los miembros de la joven asesinada.

Era tan grande  el cinismo del Brujo, que se ofreció con su vecino Carlos para acudir ante las autoridades a dar parte del asesinato, por tal motivo, en ningún momento se le involucró o investigó en torno a esos sangrientos hechos.

Durante las primeras investigaciones, todo parecía indicar la culpabilidad del esposo de la víctima, debido a que no denunció su desaparición desde un día antes y era sometido a rigurosos interrogatorios.

A raíz del macabro hallazgo de los miembros diseminados de aquella mujer, la sociedad de Reynosa, entró en una psicosis generalizada, ante insistentes rumores un tanto fantasiosas que al gente hacia creer como reales.

Se hablaba de que en esta ciudad operaba una secta satánica o que un médico desquiciado y psicópata asesino en serie, venía matando y mutilando a jóvenes mujeres.

Otras versiones hablaban de venganzas entre viciosos y hasta de un mandato de un ente diabólico.

Sin embargo el tiempo fue pasando y el caso parecía quedar en el olvido, en tanto los moradores de aquella vecindad, seguían su vida en forma normal.

Fue hasta un año y medio después, cuando la Procuraduría General de Justicia, comisionó para este caso, al investigador, Enrique Fuentes González " El Rocky", bajo la supervisión del comandante Pablo Villanueva.

Incluso, investigadores de la Policía del lado americano, a fin de coadyuvar en el esclarecimiento de este caso, proporcionaron aparatos de rayos X y rastreadores infrarrojos para detectar rastros de sangre.

Sin embargo, lo anterior no tuvo éxito, debido a que el mismo Brujo los guiaba hacia otros lugares, que no fuera su casa.

Pese a ello, los investigadores, continuaron con declaraciones de vecinos del sector, así como de informes importantes del departamento de Servicios Periciales, que arrojaron que tanto el cuerpo de la mujer como sus ropas desgarradas, tenían quemaduras por brasas, así como granos o semillas de alpiste, -comida para cotorritos-.

En una de las declaraciones de Blanca Estela, dio a conocer que en ese tiempo habían tenido dos "cotorritos de amor", pero su esposo los había vendido.

A raíz de ello, comenzó la investigación discreta en torno a Patricio Romero.

Inexplicablemente, la información se filtró y a principios del mes de abril de 1997, el vespertino El Tiempo, publicó que el Brujo se perfilaba como el principal sospechoso de ese brutal asesinato.

Dadas las circunstancias, los agentes investigadores, Enrique Fuentes González y su pareja Alfonso Durán, seguían de cerca los pasos del Brujo.

Aquel 11 de abril,  detectaron que el Brujo se dirigió a la Central de Autobuses y adquirió en la mesa de Transportes del Norte, un pasaje con destino a la ciudad de México, con la intención de poner tierra de por medio y evitar ser detenido.

Pese a ello, los agentes judiciales, a cierta distancia observaban sus movimientos, por lo que al solicitar información a la línea de transportes, se les confirmó que un pasaje estaba  reservado a nombre de Patricio  Romero Camacho y su salida estaba prevista para las 20 horas de ese día.

Ante esto, se procedió al arresto del Brujo, quien fue conducido a los separos de la Policía Judicial del Estado, donde quedó esclarecido el horrendo asesinato, ya que Romero Camacho confesó como había cometido el brutal asesinato en contra de Rosa Erika Rodríguez.

Con la mirada fría y torva, ante la presencia de las altas autoridades de la Policía Ministerial y de la propia Procuraduría General de Justicia, el sujeto confesó este cruel asesinato, argumentando dijo estar arrepentido, porque el cargo de conciencia era demasiado.

Con ello, hubo que transcurrir un año y tres meses para el esclarecimiento del homicidio, por lo que tras ser consignado Romero Camacho  ante el Juzgado Tercero Penal, se le dictó auto de formal prisión y en el mes de agosto de 1997, se le dictó sentencia por 30 años de prisión, bajo los cargos de homicidio y aborto.

 
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