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Direción: Juan Manuel Villarreal H.

Fecha:2015-01-21 Por: Juan Manuel Villarreal H. | Enlace Digital

Por Juan Manuel Villarreal H.

 

Ciudad Mier, Tamaulipas.

Diciembre 5 de 1987.

 

La luz tenue y rojiza apenas iluminaba el interior de aquel tugurio de mala muerte, enclavado en el interior de la zona de tolerancia del municipio de Los Herrera, Nuevo León.

En una apartada mesa, José Emilio Zamarripa Martínez, bajo los efectos del alcohol miró su vaso medio vacío  y dijo:

-“Aún es muy temprano y ya se acabo el dinero”.

Su acompañante, Armando Martínez, quien también se hallaba en las mismas condiciones repuso:

-“Pos que hacemos…tu nomás dime”.

José Emilio de 21 años y su amigo de 23 años,  estaban acostumbrados a obtener dinero fácil para seguir con la parranda.

-“Ahorita que se acabe la bebida…ya se me ocurrirá algo”.

Apuntó José Emilio.

Por espacio de dos horas, ambos siguieron libando en aquel antro de vicio, hasta que ya no contaban con un solo peso.

Entonces señaló:

-“Vamos a hacer un billete por ahí”.

-“Pero dime de que manera”.

Cuestionó Armando a su compañero

-“ ¡Oh Chingados!...Tu vente conmigo….vamos a la brecha  un rato”.

Tras salir del burdel, ambos se encaminaron hasta el auto Montecarlo color beige, con placas de circulación 793-CXM, el cual abordaron y partieron con rumbo  al municipio de Cerralvo, Nuevo León.

Una vez en esa comunidad, Armando volvió a cuestionar a José Emilio:

-“¿Pero que vamos a hacer para sacar dinero?”.

-“Primero vamos a conseguir unas armas”.

Le respondió.

Luego, el auto tomó la carretera que conduce a Ciudad Mier y tras tomar un camino vecinal, tras unos minutos de viaje, arribaron al rancho “Los Cavazos”.

En ese momento, el lugar parecía desierto, por lo que los visitantes se introdujeron a una de las viviendas localizadas en ese lugar y comenzaron a buscar algo de valor pero sin resultado alguno.

Sin embargo, cuando ya iban en retirada, detectaron un viejo ropero, el cual forzaron y en su interior encontraron lo que necesitaban.

En ese mueble hallaron tres fusiles calibre .12, uno calibre .16 y una escopeta calibre .20, así como otros dos rifles calibre .22 y varios cartuchos para cada arma.

Ambos se miraron y sonrieron con satisfacción.

Rápidamente, salieron del lugar y amparados por las sombras de la noche, abordaron de nuevo el auto en que se desplazaban para retirarse del lugar.

Posteriormente, retomaron la Brecha denominada El Gas y pese a que pasaban de las nueve de la noche, el paraje se podía ver iluminado con la luz de la luna.

Todo ello, facilitaba las cosas para lo que José Emilio tenía planeado.

En las inmediaciones de ese camino vecinal detuvieron el auto y ahí permanecieron en silencio por varios minutos.

De pronto, a lo lejos pudieron observar las luces de un auto que se aproximaba hacia donde se encontraban ellos, por lo que ambos se armaron con dos fusiles cada uno y se apostaron sobre el camino en posición para interceptar el vehículo que se acercaba.

Los individuos le marcaron el alto  a los tripulantes de la unidad, al tiempo en que se identificaban de palabra como agentes de la Policía Judicial Federal, argumentando que mantenían un puesto de revisión.

Luego pidieron que los tripulantes descendieran de la unidad.

En tono amenazante y sin dejar de apuntar con las armas contra aquellas personas, les ordenaron entregar todo lo que llevaban de valor.

Tras despojarlos de sus pertenencias, se les permitió retirarse del lugar, bajo la amenaza de que si los denunciaban, en un futuro los buscarían para matarlos.

Minutos más tarde, otros viajeros que se desplazaban por esa brecha, también fueron desvalijados por esos salteadores del camino.

Pasaban unos minutos después de las diez de la noche y ya contaban con suficiente dinero y algunas joyas, además de las armas, para regresar al municipio de Los Herrera, Nuevo León y seguir con su parranda.

Armando, un tanto fastidiado sugirió a José Emilio:

-“Ya con esto la hacemos, vamos a regresarnos pa´ seguirle”.

-“Sólo uno más y nos vamos”.

Dijo su acompañante.

No habían pasado diez minutos, cuando a lo lejos detectaron la presencia de otro auto que circulaba por esa ruta.

A bordo de esa unidad, -un Chevette modelo 1979 color  café con dorado, con placas de circulación 230-ZHS fronterizas del estado de Tamaulipas,- viajaban los hermanos Dagoberto y Ramón Ríos González, así como un amigo de ambos.

Dichas personas retornaban a Ciudad Mier, luego de haber asistido a un evento social, sin imaginar la tragedia que les deparaba el destino, al haber optado viajar por ese camino.

Al arribar al supuesto retén instalado por aquellos sujetos, se les ordenó descender del vehículo y sin dejar de apuntarles con las armas, los obligaron a tenderse boca abajo en el suelo, mientras Armando revisaba sus bolsillos para sustraerles el dinero y los objetos de valor que llevaban.

Mientras Armando despojaba de sus pertenecías a Ramón, su hermano Dagoberto, intentó ponerse de pie para protestar por los abusos que estaban cometiendo los asaltantes.

En ese instante, José Emilio enojado porque esa persona se revelaba, se dirigió hasta donde se encontraba Dagoberto y le grito:

-“Cállate cabrón y obedece”.

En ese momento, se abalanzó sobre él apuntándole con la escopeta calibre .12 y ante el estupor y sorpresa de los presentes, el arma fue accionada casi a quemarropa.

El lugar se iluminó por uno segundos por el fogonazo al salir del arma el proyectil.

Dagoberto recibió el impacto en el cráneo y murió irremediablemente en forma instantánea.

En ese momento, todos callaron.

Nadie daba crédito a lo que acababa de ocurrir.

El miedo se apoderó también de los asaltantes, por lo que sumamente nerviosos, no acertaban a hacer en ese instante.

Luego, José Emilio abordó el auto Montecarlo, en tanto que Armando se puso al volante del auto Chevette y ambos a toda velocidad se perdieron amparados por la noche a lo largo de aquel camino.

Ramón y su amigo, tuvieron que caminar algunos kilómetros a fin de pedir auxilio y notificar de los hechos a las autoridades policíacas.

Una vez en Ciudad Mier, dieron parte a la Policía Judicial del Estado, por lo que una nube de agentes de la corporación se desplazaron hasta el lugar y pese a que peinaron toda la ruta durante el resto de la noche, no se pudo lograr la captura de los responsables.

Las investigaciones del caso quedaron a cargo del comandante de la Policía Judicial del Estado, Franklin Ramón Barrera, quien luego de varios días, logró establecer la identidad del homicida y su posible localización.

Ante esto, 19 días después de ese crimen, el comandante,  al mando  de los jefes de grupo Humberto García Sáenz y Jorge Luis Jaugueri Polanco, apoyados por agentes judiciales de Nuevo León, lograron la aprehensión de José Emilio Zamarripa Martínez, cuando se divertía en el mismo tugurio de la zona de tolerancia del municipio de los Herrera, Nuevo León.

En sus declaraciones, el homicida delató a su cómplice y argumentaba que no pretendía hacer daño a nadie y los hechos se habían registrado en forma accidental.

Dentro del termino legal, el Juzgado de Primera Instancia Penal dictó el auto de formal prisión y fue recluido en el Penal Distrital del municipio de Miguel Alemán.

Tras años después, Armando Martínez, fue detenido por agentes de la Policía Judicial del Estado y recluido en el mismo reclusorio, donde purgaron sus respectivas condenas.

El desolado camino hace propicio que a lo largo de su trayectoria ocurran hechos violentos y delictivos.

La oscuridad de la noche ha sido mudo testigo de este tipo de acontecimientos trágicos.

Todo ello ha originado un clima de inseguridad para aquellos que por necesidad tienen que transitar por ese camino vecinal, ahora mejor conocido como la ruta de la muerte.

 
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