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Direción: Juan Manuel Villarreal H.

Fecha:2015-02-04 Por: Juan Manuel Villarreal H. | Enlace Digital

Por Juan Manuel Villarreal H.

 

Febrero 23 de 1994

Nueva Ciudad Guerrero, Tamaulipas.

 

¡¡ “ Váyanse a la chingada y no me molesten más…yo sabré cuando les voy a pagar. !!”, dijo José Guadalupe López García con el rostro desencajado por el coraje y molesto advirtió a aquellos dos muchachos que recién se habían iniciado en las actividades del narcotráfico.

“ Y si me siguen chingando a cada rato con lo mismo, los mato…así de fácil”, señaló al momento de hacer un ademán con el dedo pulgar en su cuello.

Gilberto Cervantes Arteaga e Ismael Villalobos Moreno, se miraron en silencio un tanto desconcertados por la situación.

Sin embargo, el primero haciéndose de valor volvió a insistir:

“Pero es que siempre no has salido con evasivas desde hace dos semanas y ya queremos regresar a Guadalajara”.

Y dijo:

“Nosotros ya cumplimos con nuestra parte y sólo queremos que nos pagues lo que se había convenido por traer los 700 kilos de mariguana hasta la frontera”.

Aquel sujeto tomó su versión como una reclamación, por lo que enfureció aún más a José Guadalupe, quien les volvió a repetir:

“No quiero volverlos a ver, porque entonces voy a cumplir con mi palabra y juro que los mato a los dos”.

Luego de la advertencia, el sujeto se dirigió presuroso hasta su camioneta Ford  Ranger, la cual abordó y se retiró del lugar a toda velocidad.

Sumamente contrariados por el rumbo que tomaban las cosas, Gilberto acertó a señalar:

“Si no nos paga, lo matamos y nos vamos pa’ Jalisco”.

También reconoció el grave peligro que rondaba en torno a ellos, por lo que tomarían más precaución.

“ Debemos adelantarnos a lo que pudiera hacer José Guadalupe, porque sabemos, dijo, ya ha matado a dos; uno en Escobares, Texas y otro en el municipio de Los Aldama, Nuevo León”.

Por su parte, Ismael a pesar de sus 22 años no vaciló en decir:

“ Pues más vale que pague, si no lo atoramos”.

Dijo envalentonado al momento en que por encima de sus ropas acariciaba su pistola que llevaba oculta a la altura de la cintura.

Ambos se habían conocido desde años atrás ya que eran vecinos del mismo sector en la capital de Jalisco.

Trabajaban juntos como empleados de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes de Guadalajara.

Sin embargo, la difícil situación económica los había orillado a tomar la determinación de asociarse para incursionar en las ilícitas actividades del narcotráfico.

Primero, Gilberto se relacionó en su ciudad natal con personas vinculadas a ese tipo de operaciones, quienes a su vez lo contactaron hasta esta frontera directamente con José Guadalupe.

Tras las negociaciones, habían sido contratados para transportar una carga hasta la frontera.

Los dos se dirigieron hasta la comunidad de la Breca en Jalisco, donde recibieron instrucciones de su encomienda y luego en Azuayo, Michoacán recogieron el encargo y se desplazaron sin contratiempo hasta Nueva Ciudad Guerrero.

Luego, en ciudad Reynosa adquirieron un auto para desplazarse y las dos armas para tomar las debidas precauciones.

Además, contaban con dos mil dólares para cubrir sus gastos.

Sin embargo, pese a que ellos habían cumplido puntualmente con su trabajo, José Guadalupe los mantenía en espera de pagarles.

La demora despreocupaba y la desesperación se apoderaba de vez en vez de los muchachos, quienes en ocasiones hablaron de mandar todo al diablo y regresar a su lugar de origen.

Pero luego de recapacitar las cosas, ponían en orden sus ideas y decidían esperar a se les pagara por el trabajo realizado.

Esa misma noche en el cuarto de hotel en ciudad Reynosa, donde se hospedaban, tomaron una resolución final.

Entonces Gilberto dijo a su compañero:

“Mañana vamos hasta Nueva Ciudad Guerrero a cobrar por última vez y si no paga lo matamos”.

Luego se dirigió decidido a Ismael y preguntó:

“ ¿Estas de acuerdo?”.

“Estoy listo para todo, ya sabes que esto lo vamos a hacer juntos hasta el final”.

Ambos comenzaron a revisar las armas que portaban: una escuadra Smith & Wesson calibre 10 milímetros, tipo semiautomática de doble acción, mientras que Ismael llevaba consigo una pistola tipo escuadra marca Browning calibre 9 milímetros, también semiautomática pavón negro, ambas con sus cargadores totalmente abastecidos.

Esa noche apenas durmieron.

No podían conciliar el sueño antela incertidumbre que les esperaba otro día.

Y aunque irían dispuestos a todo, sabían del alto riesgo al que se enfrentarían, pues conocían de antemano los antecedentes de José Guadalupe.

Enfrentarlo, también representaba para ellos un serio peligro por lo que debían de actuar antes que su contrincante.

Otro día, al filo de las 12 del día, abordaron el auto Pontiac color blanco modelo 1986 y enfilaron por la carretera ribereña con rumbo a Nueva Ciudad Guerrero.

Luego de una hora y media de camino, finalmente llegaron hasta esa localidad, la cual estuvieron recorriendo por diversos sectores en busca de su objetivo.

La búsqueda duró varias horas y el hastío comenzaba a fastidiarlos.

Pocos minutos después de las 17 horas, cuando se desplazaban por el cruce de las calles Hermanos Gutiérrez de Lara y García Cubas, observaron la unidad que tripulaba José Guadalupe, al momento en que arribaba a una estación de gasolina localizada en ese crucero.

En forma inmediata se dirigieron a encontrarlo y descendieron del auto.

Los dos jóvenes cruzaron la calle y llegaron hasta donde se hallaba José Guadalupe, quien seguía al volante en espera de ser atendido.

Sin bajar de la unidad habló con ellos:

“ ¿ Que los trae otra vez por acá?... ¿Acaso vienen por lo mismo?”

Dijo el sujeto en tono de burla.

Gilberto por su parte se concretó a insistir:

“Mira, venimos a que nos pagues el adeudo, es todo lo que queremos para regresarnos a Jalisco”.

“Ya les dije que aún no tengo el dinero, porque todavía no llega la paga del otro lado”.

Señaló en tono más serio.

“Pero en eso no habíamos quedado, ya que prometiste que una vez cumplido con nuestra trabajo cubrirías el pago en forma inmediata y hasta el momento no lo has hecho”, le recordó Gilberto a José Guadalupe, quien permanecía con las manos fijas al volante.

La insistencia de los muchachos fueron enfureciendo al sujeto, por lo que al no encontrar una respuesta que esperaban, en ese momento ambos se miraron y al sentar con la cabeza, daban la señal de terminar con él de una vez.

Tanto Gilberto como Ismael, retrocedieron unos pasos de la puerta del vehículo y rápidamente casi en forma simultánea sacaron sus armas y a quemarropa comenzaron a disparar contra la humanidad de José Guadalupe, quien no daba crédito a lo que ocurría, quizás porque no esperaba esa reacción de los muchachos.

Ambas pistolas vomitaron fuego hasta agotar la totalidad del cargador.

José Guadalupe recibió seis impactos de bala en la región occipital y otro más en l espalda, por lo que el cuerpo bañado en sangre quedó recostado sobre el asiento de la unidad.

Ahí murió en forma instantánea debido a las lesiones que presentaba.

La escena se desarrollo en forma rápida ante la atónita mirada de los empleados de laa negociación, quienes asustados por los inesperados hechos quedaron por un momento paralizados por el miedo observando el sangriento espectáculo.

Casi en forma inmediata, los homicidas se dirigieron hasta el auto y se retiraron a toda prisa del lugar de los hechos.

Por su parte, los empleados de la gasolinera, identificados como José Silva y Jorge Alberto Hinojosa, notificaron de los hechos vía telefónica a la policía municipal, la cual a su vez, pidió la presencia de la Policía Judicial del Estado con sede en el municipio de Miguel Alemán.

Gilberto e Ismael acordaron dirigirse a la ciudad de Reynosa para que desde esa localidad partir en avión con destino a la ciudad de México y posteriormente transbordar para viajar a Guadalajara.

Sin embargo, por esa misma carretera dos elementos de la Policía Judicial del Estado, se desplazaban pero con dirección a Nueva Ciudad Guerrero.

A través de la radiofrecuencia se hizo saber a todos los elementos sobre los hechos, así como de las características del vehículo en el cual se desplazaban los asesinos.

En el trayecto, los elementos de la corporación detectaron el vehículo que se había descrito momentos antes, por lo que en forma de ‘U’ retornaron por la misma rúa para iniciar la persecución de los sospechosos.

Los asesinos al verse descubiertos, en ese momento a través de ventanilla del auto arrojaron las armas que portaban a fin de deshacerse de la evidencia.

El par de agentes detuvo la marcha y recogió las armas, solicitando el apoyo de sus compañeros para cercar a los fugitivos.

Otra unidad tripulada por el comandante Luis Eduardo Rodríguez Masso, el jefe de grupo Miguel Ángel Barajas y el agente del Ministerio Público Investigador, José Ángel Carrillo Reséndez, que se dirigía a Ciudad Mier, se integró a la búsqueda de los sospechosos.

Tras recorrer un trayecto pudieron observar la unidad que se acercaba por aquella desértica carretera, por lo que la unidad policíaca derrapó y viró sobre la cinta asfáltica cerrando el paso al otro vehículo, el cual frenó bruscamente, al momento en que los agentes judiciales portando sus armas, bajaron del auto en posición de ataque, preparados para un posible enfrentamiento.

Sin embargo, los jóvenes descendieron de la unidad con las manos en alto y las posaron sobre la unidad en señal de rendición.

Sin oponer resistencia alguna se procedió a su detención.

Durante los interrogatorios, los implicados aseguraban que habían sido contratados por una persona de nombre Pedro quien radicaba en la ciudad de Matamoros y les habían pagado por matar a José Guadalupe y por lo tanto dijeron desconocer el móvil de la ejecución.

Luego de insistir sobre el móvil, los detenidos, finalmente resignados por su captura, optaron por confesar los motivos que los orillaron a cometer ese crimen.

Una vez que fueron consignados, se les confinó en las celdas del Penal Distrital de Miguel Alemán.

Un mes más tarde, dichos internos, mediante un operativo sigiloso, fueron trasladados hasta el penal de Reynosa, ante el insistente rumor de que familiares del ahora occiso, pretendía contratar los servicios de otros internos para acabar con la vida de Gilberto e Ismael como venganza de su muerte.

Ya en prisión, los muchachos tuvieron suficiente tiempo para analizar la situación que los llevó hasta el asesinato.

Igualmente, algún día podrían arrepentirse de haber incursionado en el negocio de las drogas.

Y es que es bien sabido que el narcotráfico es negocio de muerte.

 
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