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Direción: Juan Manuel Villarreal H.

Fecha:2015-04-25 Por: Juan Manuel Villarreal H. | Enlace Digital

Por Juan Manuel Villarreal H.

 

Camargo, Tamaulipas

Diciembre 16 de 1993.

 

-‘ ¡Aquí se viene a trabajar!”.

Gritó el comandante de la Policía Judicial del Estado, Luis Horacio Galván García, cuando dos agentes le solicitaban ese día de descanso.

Con un oficio de investigación en la mano ordenó:

-“¡Y se me van en este mismo instante a investigar esta denuncia de robo domiciliario!”.

Ambos elementos llevaban laborando poco más de una semana sin descanso, debido al trabajo constante, por lo que los agentes judiciales, Francisco Luis Marroquín, Eduardo Rodríguez Urrutia, Agustín Ramírez y José Luis Cortés, salieron de mala gana de las oficinas de la corporación.

Pese a que todos se hallaban agotados, debido a que durante las madrugadas apenas dormitaban unas horas, de igual forma salieron a cumplir con su trabajo.

Luego de las pesquisas del caso, lograron conocer las características de un auto que había estado estacionado por largas horas frente al domicilio propiedad de la señora Pasión Garza viuda de Hinojosa, donde la noche anterior se había cometido el robo.

Horas después, el vehículo Ford, Thunderbird color azul marino modelo 1981 con placas de circulación GB2-43R del estado de Texas, finalmente fue localizado en céntrico sector.

Los agentes judiciales procedieron a interrogar al propietario de la unidad, quien fue identificado como Samuel Hernández Rodríguez (a) ‘El Cuate’.

En ese mismo lugar, luego de algunas preguntas, el sujeto confesó su participación en el robo e incluso manifestó que la enorme bocina que llevaba en la cajuela del auto, también se la había robado de ese lugar.

Además, como cómplice del atraco, señaló a un primo suyo y a otra persona a quien sólo conocía con el apodo de ‘El Diablo’.

Con ello, presuntamente habían logrado en pocas horas el esclarecimiento del robo y ya tenían a uno de los participantes.

Por su parte, los agentes Agustín  Ramírez y José Luis Cortés, habían acordado trasladar el vehículo del ladrón hasta las instalaciones de la corporación, en tanto que Francisco Luis Marroquín y Eduardo Rodríguez Urrutia, se llevarían al detenido para proceder a la localización de sus cómplices.

Los elementos de la corporación  sabían de antemano lo problemático que era Samuel Hernández, puesto que tenían conocimiento que un año antes, había sido implicado en un robo similar, pero mediante argumentos que había confesado su delito mediante torturas, había logrado su libertad y de paso sus captores habían sido cesados de sus funciones.

‘El Cuate’, de mirada fija y penetrante, seguro de sí mismo al hablar y con aquella sangre fría, sabía que no lo tocarían por temor a que los denunciaría ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, como era su costumbre cada vez que era detenido.

Quizás por no tener algún problema con el señalado, los agentes judiciales cometieron el error de no revisarlo corporalmente, ni esposarlo, al momento en que le ordenaron abordar el asiento posterior de la camioneta que tripulaban.

Así pues, el detenido subió a la unidad tipo Ram Charger de reciente modelo color rojo con placas de circulación VV-8433 del estado de Tamaulipas, la cual conducía el agente Rodríguez Urrutia, originario del municipio de Díaz Ordaz, en tanto que su acompañante era oriundo de Matamoros, quien recién había sido asignado a esa plaza.

Como paso siguiente, los agentes judiciales tratarían de localizar a los otros dos participantes en el atraco domiciliario, por lo que el detenido los orientaría para lograr su paradero o sus respectivos domicilios.

El vehículo enfiló a lo largo de la calle Libertad, mientras que Samuel Hernández, sigilosamente fue recorriendo su diestra a la cintura hasta tocar la pistola que portaba oculta entre sus ropas.

Con seguridad, apretó el arma y espero unos segundos.

Su dedo índice había asegurado el gatillo.

Cuando la unidad arribaba al cruce de la calle Obregón, a dos cuadras de donde se localizaba la comandancia de la Policía Judicial del Estado, ‘El Cuate’, hizo un rápido movimiento y sin trepidar, alzó la pistola escuadra calibre .380 y apuntó casi a quemarropa al rostro de Eduardo Rodríguez y accionó el arma.

El agente al ser mortalmente herido, sólo se reclinó sobre el volante.

El factor sorpresa fue su ventaja, puesto que el asesino no dio tiempo a la reacción del otro agente, quien también recibió un impacto de bala en la cabeza.

Rápidamente, el sujeto aún con el vehículo en marcha, abrió la puerta de la unidad y de un fuerte empujón, lanzó a la calle al conductor mal herido.

Luego se apoderó del volante y hundió el acelerador del vehículo hasta perderse del primer cuadro de la ciudad, llevándose consigo al agente Marroquín, quien agonizaba por la lesión que presentaba en pleno cráneo.

Por su parte, el agente Rodríguez Urrutia, quedó tirado en plena calle a escasos metros de las instalaciones del Instituto Mexicano del Seguro Social y pese a que personal médico de la institución salió a toda prisa para brindarle auxilio, todo resultó inútil.

El agente sólo alcanzó a sobrevivir unos minutos y falleció irremediablemente en plena calle.

Tras notificarse a la corporación del asesinato del agente judicial, el resto del personal policíaco inició la búsqueda del homicida.

Minutos más tarde, ambulantes de la Cruz Roja, recibieron un llamado telefónico, señalando que a bordo de una unidad que se hallaba abandonada, a la altura del brecha ‘El Armadillo’ frente al lugar donde se organizaban carreras de caballos se hallaba una persona mal herida.

Efectivamente, en ese lugar fue encontrado aún agonizante el agente Francisco Marroquín, quien presentaba un impacto de bala a la altura de la sien izquierda, con orificio de salida en la región parietal derecho con exposición de masa encefálica.

Tras proporcionarle los primeros auxilios, se procedió a su traslado hacia una clínica particular del municipio de Miguel Alemán, pero desgraciadamente, en el trayecto murió a consecuencia de la mortal herida que presentaba.

Asimismo, el homicida había sido visto por algunos residentes de ese sector, cundo corría con dirección hacia el río Bravo, llevando en sus manos, una arma larga propiedad del Gobierno del Estado, la cual había sido asignada a los citados elementos.

También se había llevado consigo la pistola de cargo del agente Marroquín.

Pese a la gran movilización de los agentes judiciales de las plazas de Miguel Alemán, Camargo, Díaz Ordaz y Reynosa, el asesino no pudo ser localizado.

Igualmente, la misma delegación de la Procuraduría General de la República con sede en Reynosa, proporcionó a la Policía Judicial del Estado un helicóptero, a fin de rastrear toda el área de Camargo y las márgenes del río Bravo y lograr la localización del doble homicida.

Sin embargo, para ese entonces, el asesino había logrado cruzar hacia los Estados Unidos, a través del río Bravo.

Por su parte, la madre del prófugo, ignorante de lo sucedido, llegó a la comandancia de la Policía Judicial del Estado, molesta por la supuesta detención ‘injustificada’ de su hijo, amenazando con denunciar y acusar a todos los agentes de la corporación ante los Derechos Humanos para que fueran cesados.

Una vez que se le informó sobre los hechos, la mujer calló, bajo la cabeza y se retiró sin decir palabra alguna.

No podía creer lo que le habían informado.

Sin embargo, se marchó resignada.

Luego de 48 horas, finalmente, las autoridades judiciales fueron notificadas por parte del Buró Federal de Investigaciones (FBI) con sede en Río Grande, Texas, sobre la localización del doble homicida.

Las autoridades de Estados Unidos, informaron que el sujeto se hallaba refugiado en un apartado lugar de esa localidad texana, conocida como “Las piedritas”.

Los agentes federales del lado americano, procedieron a copar al prófugo, quien un principio pretendió hacerles frente, pero luego de varios minutos dispuso de su actitud y decidió entregarse pacíficamente.

Esa acción fue coordinada por agentes del FBI y del departamento del Sherif y del Servicio de Inmigración del lado americano.

Una vez capturado ‘El Cuate’, entregó la pistola que portaba y señaló a las autoridades el lugar donde mantenía ocultas las armas de cargo que había robado a los agentes caídos.

Como su estadía en el vecino país era ilegal, el detenido fue entregado al Servicio de Inmigración, el cual a su vez, procedió a su deportación y entregado a la Policía Judicial del Estado, en las inmediaciones del puente internacional Camargo-Río Grande, Texas.

Una vez puesto a disposición de la agencia del Ministerio Público Investigador, al rendir su declaración inicial de los hechos, trató de evadir a toda costa ser sentenciado, argumentando que los agentes habían sido asesinado cuando pretendían violarlo y sólo había actuado en defensa propia.

Sin embargo, su versión no dio resultado, por lo tanto no convenció ni a la fiscalía, ni al Juzgado de Primera Instancia Penal.

El asesino fue recluido primeramente en el penal Distrital de Miguel Alemán, pero en cuestión de días, fue trasladado al área de máxima seguridad del Centro de Readaptación Social de ciudad Victoria, donde esperaría la sentencia por el doble asesinato de los agentes judiciales.

Tras recibir una sentencia de 30 años de prisión, luego de dos años de permanecer en ese reclusorio, el asesino fue trasladado al Penal de Almoloya de Juárez en el Estado de México, donde actualmente continúa purgando su condena.

 
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