Matamoros
Por Arabela García
El «Golpe de Autoridad»
«Finanzas con brújula y políticos sin freno: La lista de los ‘no productivos'»
Decían los abuelos —esos que quizá no pisaron un aula universitaria, pero a los que no se les escapaba un centavo en el trueque o la venta— que “al que sabe, sabe, y al que cuenta bien, le salen bien los números”. Esa sabiduría de rancho sigue siendo la regla de oro en la administración pública: en las finanzas no se necesita magia ni maquillaje, se necesita un experto que asegure que todo cuadre, no para la foto, sino para que cuando lleguen las auditorías, nadie termine en la calle o tras las rejas.
En Tamaulipas, esa máxima parece haber encontrado puerto seguro. El rumbo financiero bajo la batuta de Carlos Ramírez demuestra que el barco no solo navega derecho, sino con brújula. Hay una diferencia abismal entre “ahorrar” ahorcando la operatividad —como se hizo en el pasado— y administrar para generar beneficios colectivos. El desempeño de un funcionario no se mide por sus declaraciones, se nota en los resultados.
Que Ramírez sea de Matamoros no es un dato menor; es un valor activo para el gobernador Américo Villarreal Anaya, pues ha logrado mantener la salud financiera sin recurrir al viejo vicio de endeudar más al estado. Mientras otros buscan «hacer magia» pidiendo prestado, aquí se apuesta por la disciplina. Esperemos que este rigor sea el sello que distinga el cierre de la administración estatal.
El «Freno de Mano» en la Carrera Política
Sin embargo, mientras en las finanzas hay orden, en la política parece haber demasiada «ansia». No podemos ignorar que varios diputados —del norte, sur y centro— ya andan más ocupados en la campaña que en la curul. El mensaje del Gobernador, Americo Villarreal, hace apenas unos días en Ciudad Victoria, ante la estructura de Morena y la dirigencia nacional, fue un freno de mano necesario y seco.
Villarreal Anaya fue clarísimo: no son tiempos de ambiciones personales. Aquellos que ya andan pintando bardas o saturando redes sociales deben entender que la «campaña adelantada» es sinónimo de distracción. La unidad no es un eslogan, es una disciplina. El mensaje entre líneas es demoledor: la mejor carta de presentación son los resultados actuales, no las promesas futuras. Al buen entendedor, pocas palabras: el «primer morenista» del estado ya tomó nota de quienes, por andar en la promoción prematura, han pasado a la lista de los «no productivos». Distraerse del origen de su función es, en política, un error de cálculo que suele cobrarse caro.
El espejismo de los 16: ¿Votos nuevos o madurez democrática?
La propuesta de Movimiento Ciudadano de reducir la edad para votar a los 16 años no es un invento de ayer; es una bandera que han ondeado siguiendo modelos de países como Argentina, Brasil o Austria. El argumento romántico es «ampliar la democracia», pero el trasfondo político es claro: MC sabe que su mayor capital está en el votante joven que consume TikTok y conecta con la estética «fosfo-fosfo».
Sin embargo, aquí hay que poner el dedo en la llaga: el problema de México no es la falta de votantes, sino la falta de confianza.
En procesos anteriores, la participación del sector de 18 a 29 años ha sido la más baja. Si los que ya tienen el derecho y la credencial no acuden a las urnas, ¿por qué pensar que dos años menos harán la diferencia?
Antes de abrir la puerta a menores de edad, los partidos —y especialmente MC— deberían preguntarse por qué existe ese divorcio con la juventud. No se trata de bajar la edad, se trata de subir el nivel de las propuestas.
En lugar de buscar «carne de cañón» electoral de 16 años, la clase política debería generar una oferta que no sea solo baile y color, sino soluciones reales a la falta de empleo y seguridad para esa generación.
Votar a los 16 suena a vanguardia, pero sin una verdadera educación cívica y resultados que generen confianza, solo es una estrategia para inflar el padrón con jóvenes que, tristemente, seguirán viendo en la política un espectáculo ajeno a su realidad.
En las finanzas, en la política y en la vida pública, el orden y la ética son lo único que garantiza que, al final del día, las cuentas —y la historia— nos salgan bien.
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