Reynosa
Por Edy Pintor
Se nota y, se nota feo…
Siempre he tenido la convicción de que en la clase política de las administraciones pasadas se respiraba urbanidad, civilidad y oficio.
No era adorno, era forma de estar.
Un estilo de vida de todos los que convivíamos con la clase política de los tres niveles.
Había una manera de entrar. Se llegaba, se saludaba, y el país entendía que alguien había llegado.
No hacía falta alzar la voz: la voz ya venía puesta.
Verbigracia, María Félix lo sabía.
El poder, cuando es de verdad, no pide permiso. Se sienta y el resto se acomoda.
Eso era la urbanidad. No cursilería de recepción: se llama oficio político.
El gesto que separa al que manda del que apenas ocupa la silla.
Añejo, sí. Rancio, también. Pero rancio como el buen vino.
Edificaba y desde fuera se miraba con envidia y con respeto; de hecho, en muchas de mis participaciones, he enunciado que, el PRI, era reconocido como un fenómeno y estudiado por la ciencia de la política mundial, por la capacidad política de reinventarse en cada sexenio y en cada elección.
Como nación, no éramos perfectos. Éramos presentables.
Mírenlos ahora. Llegaron los gatos. Los peones. Una bola de resentidos detentando lo que no construyeron.
Donde se sentaban los señores se sentaron ellos, y ni siquiera como peones de obra: el peón de obra levanta. Estos derriban. Traen el pico por programa y el agravio por doctrina.
Estos, en menos de dos sexenios han pretendido echar abajo lo que generaciones tardaron en poner de pie.
México, con todo, no ha perdido la esperanza. Muy pronto, los señores regresaran a reclamar su asiento.
El poder, cuando no sabe vestirse ni decantarse, se nota.
Y, se nota feo…
Mi nombre es Pintor. Edy Pintor y esto es… Edytoriales