Ciudad Victoria
Por José Gregorio Aguilar
Ciudad Victoria, Tam.- Hay logros que merecen reconocerse. Por ejemplo, no cualquiera consigue quedar en el lugar 29 de 32 congresos estatales en transparencia y todavía organizar un informe de actividades para presumir avances. Eso requiere talento, disciplina y, sobre todo, una extraordinaria capacidad para ignorar la realidad.
Mientras el Congreso de Tamaulipas celebraba su informe anual entre aplausos, fotografías, abrazos y discursos cuidadosamente iluminados, afuera permanecía un dato incómodo: una evaluación nacional de CIMTRA le otorgó apenas 25.3 por ciento de cumplimiento en transparencia. No es una opinión. No es un ataque de adversarios. Es una medición. Y una bastante vergonzosa.
Pero tampoco hay que ser injustos.
¿Quién necesita transparencia cuando se tienen boletines? ¿Para qué rendir cuentas de manera clara cuando existen transmisiones en vivo, galerías de fotos y discursos donde todo marcha de maravilla? Al final, la transparencia verdadera tiene el defecto de permitir que la gente revise números, contratos, gastos, asistencias y resultados. Mucho más cómodo es informar únicamente aquello que genera aplausos.
La ironía alcanza niveles sublimes cuando algunos miembros de la comentocracia local destacaron como hecho histórico que el Congreso rinda cuentas a la ciudadanía. Casi se escuchaban los violines de fondo para el ex panista Humberto Prieto, hoy vestido de Morena. Parecía que estaban narrando la llegada del hombre a la Luna y no un ejercicio que debería ser una obligación elemental de cualquier poder público.
Porque rendir un informe no equivale a rendir cuentas.
Si así fuera, cualquier estudiante reprobaría el examen y después convencería a sus padres de que todo está bien con solo presentarles un discurso de media hora sobre el enorme esfuerzo realizado para estudiar.
Lo verdaderamente revelador es que el Congreso parece haber confundido propaganda con transparencia, una enfermedad cada vez más frecuente en la política mexicana. Creen que informar es publicar fotografías. Creen que abrirse al escrutinio es organizar eventos. Creen que la rendición de cuentas consiste en narrar sus propios éxitos y omitir cuidadosamente aquello que incomoda.
Y mientras tanto, los ciudadanos siguen pagando la cuenta.
Pagan los salarios.
Pagan los asesores.
Pagan las estructuras.
Pagan la difusión.
Pagan los informes.
Y también pagan el costo de tener uno de los congresos menos transparentes del país.
Por supuesto, durante el informe nadie habló de la calificación de 25.3 por ciento. Hubiera sido descortés. Imagina arruinar una celebración con datos verificables.
Resulta más elegante hablar de transformación, de compromiso social, de cercanía con la gente y de todos esos conceptos que lucen tan bien en un discurso y tan mal cuando se comparan con una evaluación independiente.
Lo fascinante es que la transparencia no exige hazañas heroicas. No pide sacrificios épicos. Apenas solicita algo revolucionario: que quienes administran recursos públicos permitan a los ciudadanos saber qué hacen con ellos.
Y en eso, aparentemente, seguimos reprobados.
Pero no hay motivo para alarmarse. Seguramente en el próximo informe nos explicarán con gran detalle por qué la falta de transparencia no debe opacar el éxito de haber organizado otro informe sobre lo transparentes que somos. Esa sí parece ser una política pública consolidada.
Porque en Tamaulipas, a veces, la transparencia funciona como esas piezas de museo que todos presumen tener, pero que nadie puede tocar, revisar ni observar de cerca. Sólo admirar desde lejos mientras un guía repite que son extraordinarias.